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sábado, 22 de abril de 2017

Lo ensoñado es la realidad


Vivimos, caminamos, descansamos, dormimos y soñamos.
Soñamos con ser lo que queremos, con volar con el viento en la espalda,
la espuma rozando nuestras piernas.

Yo duermo, sueño y escribo.
Escribo aunque no haya papel, ni lápiz, ni tinta que manche mis manos.
Transito arrollada y tiznada con palabras.
Me envuelven, me llevan y me elevan en torbellinos octosilábicos.

La rutina te devuelve al camino,
el ritmo de la tecla, escritura automática.
Sin pensar, sin respirar, solo palpitar.

El eco de sonidos pasados,
la luz al final del túnel
El color de la zanahoria contra el plato.
El odio como reacción exotérmica,
la explosión que se resumen en un bosque humeante de neuronas
y un pálpito junto al calor residual.

Renacer, echar paja sobre las cenizas,
encontrar un nuevo traje a medida y salir a buscar el sol y el son.
Atrapar el torrente de palabras que pasan frente a mis ojos.

Ojos y hojas, letras, sílabas y sonidos,
¡Agárralos!, ¡lánzalos al aire! y luego, cual malabar sabré situarlos en orden y concierto.


El concierto del silencio terminó, comienza la función.



"A reinar fortuna vamos,
no me despiertes si duermo,
y si es verdad no me duermas.
Más, sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa.
Si fuere verdad por serlo,
Si no, por ganar amigos,
para cuando despertemos"

Segismundo.
Pedro Calderón de la Barca. “La vida es sueño”

martes, 22 de diciembre de 2015

Brisa y Libertad


¿De qué están hechas las playas me preguntaste aquella tarde de domingo?

Y no ha sido hasta hoy que te he podido responder:

son lugares de descarga de ríos y mares, ahí se reúnen infinidad pequeños corpúsculos varados con sus recuerdos. Las playas son la mayor congregación de reflejos tornasolados de lo que fue, lugares de encuentro y recuerdos aderezados con sal y viento.

Cada grano cuenta su hilo vital; la de la roca arrancada de lejanas montañas, luego convertida en canto rodado y fina arena; la del trozo irisado de concha; la del gramo de coral viajero y solitario.

Son millones de partículas con su propia vida anterior. Tu, pausadamente, acudes a su llamada marina: te acuestas sobre la toalla, mientras dejas que ellos te sujeten y el dulce sol te aplasta, puedes oír como crujen debajo de ti.

Y, si prestas la suficiente atención también puedes oír sus historias. Decía así la el grano de concha que un día estuvo adherida al batel donde una niña lloraba:






Los días hechos de años no son suficientes para llenar el vacío que has dejado.
No me alcanza el tiempo para olvidar los paseos que no dimos.
No quedan naranjas amaneceres para acariciarnos enredados.
No hay nada que pese más que la mitad de nada.
No hay tiempo para seguir, ni para volver atrás.
Y ahora, que me has liberado de la nada,
me siento tan ligera que solo con quitarme los zapatos

puedo echar a volar.
Solo para no echarte de menos.
Volaré en el mar.


 


 



Este año ha sido atípico y he podido ir a la playa en septiembre, en octubre, en noviembre y hasta en diciembre. Uno de esos días tumbada en la playa solitaria pude escuchar los crujidos de los granitos y escribir la primera parte del post, hoy con la ayuda de esta pieza de Donatella Pezzino que encontré en el blog de Marrubi he escrito la historia de la niña.

T'amo, ma di quell'amore violento
che partoriscono le urla del vulcano
contro il buio di un sole lacerante.

T'amo
di quell'azzurro che abbaglia oltre i limoni
e poi più giù, dove l'ortica abbraccia i fiori
lungo i margini di una strada dimenticata.

E t'amo, mentre la pietra si fa carne
e il giorno notte, nei singulti della terra
echi di viscere dove arde e si consuma

il solitario dolore del vulcano.

Donatella Pezzino
 


Qué maravilloso es encontrar!!!    :)

viernes, 20 de noviembre de 2015

GILGLOTIS


      Siempre he odiado a la gente soberbia, los fanfarrones embriagados de su propio ego me sacan de mis casillas, los peores son esos que, además de en el hablar, se exceden en el comer y el beber. La imagen de un tragaldabas masticando mientras habla de sí mismo se me hace insoportable.

      Para mi desgracia mi devenir profesional ha hecho que acabe laborando en la ciudad de los bravucones por excelencia: Bilbao.

      Cierto es que, tras dos años de estancia en la capital, estoy tan integrado que practico el noble arte del poteo vespertino con pareja desenvoltura a la de cualquier oriundo, vamos que, pocos serían capaces de discernir si procedo de Deusto o de Indautxu.

      Nuestra cuadrilla se compone de cinco incondicionales que, tarde si y tarde también, realizamos fiel peregrinaje por una ruta trazada tras años de intensa investigación estadística y comparativa: sabor, precio y simpatía de las camareras, la compañía es importante a ambos lados de la barra.

      Hace tres semanas la cuñada de Patxo, uno de los cinco magníficos, nos encalomó a su hermano Kike, recién divorciado, grande y boceras. Uno de esos tipos que rebosan tanta falsa autoconfianza como brillo en su calva cabeza; el tal Kike era un tolosa de manual, pseudoerudito en artes y ciencias,  pretendía saber de cualquier tema, por dispar que fuera, desde la gastronomía precolombina hasta el arte suiseki. ¡Si hasta nociones de biblieconomía decía que tenía!!

      Ya os habréis percatado de que no era calaña de mi agrado, así que una tarde de viernes decidimos darle una lección de humildad y ponerlo en su sitio, habíamos pasado demasiadas veladas de tensa tregua y ya era hora de que aprendiera.

      Las barras desprendían la alegría del fin de semana recién estrenado, todo fue entrar en el bar de Maritxu y toparnos de frente con una magnífica fuente de las gildas especiales de la casa, brillantes y aceitosas, con sus anchoas en grana bien regordetas, faltó tiempo para que alguien lanzase el archiconocido desafío: “no hay güevos a comerse esas gildas de una sentada” y claro, nuestro Kike entró al trapo, la gula brillaba en sus ojillos de niñote malcriado.



Una, tres, cinco, ocho, dieciocho, yo qué sé cuántas zampó, las gilditas desaparecían como si resbalaran por su boca, hasta que la última decidió quedarse de palique con la epiglotis, ni p'arriba ni p'abajo, el único que se elevaba era Kike, que con la cara amaranto empezó a hacer tremendos aspavientos. Cuando dejó de moverse nos asustamos de veras y sin pensarlo dos veces lo levantamos y subimos la cuesta de Areilza hacia la Cruz Roja, Kike iba tieso como una tabla de surf, ¡Con decir que desde entonces nos llaman los B.B.B. (Bilbao's Beach Boys)!

Diagnóstico y alta: espasmo laríngeo por reacción irritante ambiental. Kike estuvo toda la noche ingresado, conoció a una amable enfermera lituana que quedó prendada de su sabiduría y nos libró de él para siempre.

Final feliz, un engreído menos en Pozas.






Escribí este relato en mayo en colaboración con Ximo , nos presentamos a un concurso y ganamos confianza, compañerismo y mucha ilusión. El concurso pedía que Bilbao debía estar presente en la historia, al jurado no le gustó demasiado, espero que a vosotros un poco al menos si  ;)


Si quereis sumergiros en el magnifico trabajo de Ximo Segarra, este es su blog:Un planeta llamado Acapu